Os debía este post desde que volví de Nantes, porque si la ruta cultural mereció la pena, la gastronómica no fue para menos. Seguro que habrá muchos más sitios recomendables, pero yo os cuento los que nuestros, que fueron geniales.
Si hay algo que tenéis que saber si viajáis a esta zona es que Saint-Jacques son vieiras y es un plato muy típico que está en todas las cartas. Si os descuidáis, acabaréis comiéndolas más de una vez como me pasó a mi.
Uno de los sitios donde comimos un plato con Saint Jacques deliciosas fue La Civelle, en Trentemoult. Perfecto para un día primaveral, con la brisa suave de la orilla del Loira.
Otro imprescindible es el vino de la zona, el Muscadet. Un vino blanco, muy suave de la región que resulta perfecto con pescados y mariscos. Uno de los sitios ideales para conocerlo son las bodegas Le Domain de Domaine de Bel-air, de Catherine Bouin-Jacquet, una de las mejores viticultoras de la región.
Y si hay un restaurante que no te puedes perder si visitas la ciudad, ese es La Cigale. Está ubicado en el numero 4 de la Place Graslin, en frente del teatro de la Ópera. Cuando entras, retrocedes de repente un montón de años y te sitúas a finales del s.XIX con una decoración art nouveau que se mantiene intacta. Curiosidad: los paneles decorativos de las paredes están hechos con una pasta de queso (quizá esta es la razón por la que la decoración está intacta, no saben como limpiarlo :))
Lo mejor de todo, que los camareros son divertidísimos.Visita obligada en la zona, una creperie. Nosotros estuvimos en Heb-ken, una de las que tiene más solera.
Otra de las visitas obligadas es la chocolatería Devotté, donde probarás los mascarones (bombones con barquillo) más buenos del mundo. Con una decoración con solera también, os aseguro que podríais permanecer sentados en su banquito circular toda una mañana, porque el olor a chocolate es tan embriagador que no sabes como salir de allí.
Y hablando de dulces, no podéis dejar de probar les-rigolettes-nantaises, una especialidad de caramelo con mantequilla, típica de la ciudad. Para ello, nada mejor que ir a la confitería del mismo nombre. A mi no me gustan demasiado los caramelos y me pareció que estaban muy buenos, así que si sois "carameleros"...
Dejando a un lado la comida, otro buen plan en la ciudad es ir de compras. Los nanteses han inventado el verbo "crebillonar", para definir eso que hacen en la calle Crebillón, vamos, comprar y mirar escaparates. Como habréis imaginado, una de las principales calles de compras es esta, lo que vendría a ser Ortega y Gasset a Madrid (salvando las distancias, claro, es una ciudad mucho más pequeña)
Desde esta calle, podéis acceder al Passage Pommeraye, un concepto similar al de un centro comercial de nuestros días, pero con una antigüedad de dos siglos. Merece la pena, aunque sólo sea pasar para ver su arquitectura y su encanto. Allí podéis encontrar entre otros Hermès o una tienda de diseñadores emergentes de la zona.
Pero más que las calles principales de compras, a mi lo que más me gustó fueron las tiendecitas llenas de encanto del barrio medieval, con escaparates cuidados al detalle y llenos de magia. o los mercados llenos de color.
Y por último, no puedo dejar de recomendaros el Hotel Pommeraye. He de decir que cuando ví que tenía dos estrella me temí lo peor, pero fue una grata sorpresa. Una de las razones por las que no tiene más estrellas es porque no es accesible a minusválidos por lo estrechos que son los pasillos. Lo demás es estupendo. A destacar, el desayuno, hecho con productos naturales de la zona y la ubicación, junto a la calle Crebillón. Muy recomendable.











































