San Sebastian es una ciudad que invita a soñar, a sacar tu otro yo y a despertar los sentidos:
Vista: por lo espectacular del conjunto y de los detalles.
Gusto: por su fantástica gastronomía.
Olfato: porque donde hay buena gastronomía es fácil despertar este sentido.
Oído: porque es un lugar donde se respira jazz por cualquier esquina, algo que me fascina.
Tacto: porque si nos ha despertado todos los demás sentidos no podemos dejar de palpar esta ciudad.
Con ganas de disfrutarla, una larga lista de lugares que no nos podíamos perder y un montón de consejos de la "comunidad blogger". [Gracias a todos, en especial a Cris Piera, que me escribió un mail taaaaan laaaargo y con tantísimas cosas especiales y detalladas, que nos dejó ni un segundo de descanso en el tiempo que estuvimos en la ciudad.]
Llegar a Donostia y recorrer todo el paseo marítimo (en coche primero, porque hay que ir a dejar las maletas y lanzarnos a disfrutar de la ciudad relajados), viendo a sus paseantes, sus playas y la maravillosa barandilla de La Concha (¡¡me encanta esa barandilla!!) es en ya un regalo para los sentidos. Soltamos todos los trastos, que eran muchos. [Antes de seguir, ¿a vosotros no os pasa que cuando vais de viaje, al tercer día vuestras pertenencias son tantas que parece que en vez de dos personas viaja la "Familia Alcántara " al completo? En nuestro caso es algo extremo, pero esto mejor lo dejo para otro día, porque da para un post completo]
A lo que iba, dejamos todo y la primera visita, sobre todo por la hora que era, fue la zona vieja y sus bares de pintxos. Primer destino: el Ganbara. No te pierdas el hojaldre de txistorra y la tartaleta de txangurro. Muy cerquita, el Txepetxa, sólo para los amantes de las anchoas, que son la especialidad. De ahí a La Cepa para tomar buen jamón y buen queso. y para terminar, un makobe en A fuego negro.
Como ya casi rodábamos de tanto pintxo y no nos cabía ni un café, decidimos recorrer de punta a punta la costa donostiarra. Empezamos justo en la desembocadura del río Urumea, junto al Kursaal donde comenzamos a recorrer todo el paseo.
Pasamos por delante del Club Náutico, curioso edificio de estilo racionalista que reproduce un barco atracado en el muelle. Primera parada obligatoria, el antiguo casino y ahora Ayuntamiento de la ciudad. Me encanta ese precioso edificio que desde su inauguración en 1897 hasta su cierre en 1924, por la prohibición del juego, fue el Gran Casino de San Sebastián. Habría dado cualquier cosa por vivir una sola noche en el ambiente más selecto de la Belle Époque donostiarra en su salón de baile (actual salón de plenos)
Justo al lado, parada para hacer unas fotos en el tiovivo. ¿Por qué me gustarán tanto los carruseles si de pequeña me daba miedo montar en los caballitos?
Continuamos caminando por el paseo. Es una pasada pasear tranquilamente con un escenario que te hace soñar. Los edificios señoriales, las olas rompiendo en la playa...
Parada para tomar un café en la cafetería del Hotel Londres , donde el ambiente es de lo más peculiar y el tiempo parece haberse detenido. Es uno de esos sitios señoriales que te hacen pensar en cómo sería la ciudad en su época dorada y que además tienes unas buenas vistas al mar.
Después de haber recobrado energías retomamos el paseo por la Playa de la Concha. Bajamos para continuar por la arena (ya no pudimos resitir más). Parada para ver los jardines del Palacio de Miramar y las alucinantes vistas de esta residencia de verano de la reina María Cristina, playa de Ondarreta y el peine del Viento como destino final. Si podéis, alquilad una bici, porque es una ciudad muy agradable para este medio de transporte si os hace un buen día.
Parece que se nos hace tarde, así que toca ir a prepararse para la cena. Dudamos entre algunos de los restaurantes de Donostia, pero como llevábamos unos días de buena gastronomía y queríamos pasar por algunos bares de pintxos que nos habían quedado pendientes hicímos una segunda edición de miniaturas, pero como este post se está alargando demasiado... mejor continuamos otro día.